Diario de Antonio Franco, 20 de octubre:
Mi esposa me dio un último ruego para llevarla al hospital, pero le volví a contar la historia de cómo la cirugía de mi madre había salido mal y comprendió mi disgusto por los hospitales y los doctores, mientras ella derramaba lágrimas de resignación. Creo que debo aceptarlo, se me está muriendo y nada puedo hacer para evitarlo, ni siquiera sé qué enfermedad tiene, sólo sé que su pulso y su presión tienen cambios constantes que la agotan y no se puede mover de nuestra cama. Pobre de ella, pobre de mí, ¿qué haré si se me va? ¿Qué haré, Dios mío?
La parte izquierda del cuerpo de mi querida Lucía ha quedado paralizada, y eso le impide formular palabras coherentes; ahora la única forma que tiene de comunicarse son sus ojos que sólo gritan desesperación… No sé qué hacer, pero sí sé qué no hacer, y eso es llevarla a un condenado hospital. Sobre mi cadáver irá a uno, no enviaré a la mujer que es todo para mí, que es mi vida, a un lugar donde te la arrebatan y tratan como un número en vez de una vida. No, Lucía, jamás te llevaré a un lugar de esos, dejaré que mi amor sea el que te sane y que mi mano sea la que siga limpiando el sudor de tu frente y las lágrimas que corren por tus mejillas. Se me está muriendo, Dios mío…

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